El emoticón que lo cambió todo: una historia de traición

Nos conocimos en un viaje al interior del país; coincidimos por casualidad en ese lugar, pero como ambos éramos de Arequipa, al terminar la aventura nos encontramos en nuestra ciudad. Comenzamos a salir y la química entre los dos fue tan evidente que, a los pocos meses, formalizamos la relación.

Cuando cumplimos tres meses, hicimos un viaje juntos. En el camino de regreso, él venía revisando unas historias de WhatsApp y noté algo en su pantalla: uno de sus contactos, una mujer, tenía el emoticón de un cerdito al final de su nombre. Me pareció extraño y quise preguntarle, pero para no sonar celosa preferí dejarlo pasar, aunque la duda se me quedó grabada.

Pasó un tiempo y nosotros seguíamos con nuestra relación, todo bien como siempre. Sin embargo, en una de nuestras salidas mientras almorzábamos, me di cuenta de que él me tenía guardada en sus contactos con mi nombre y, al final, el mismo emoticón del cerdito. En ese instante volvió a mi mente aquella «amiga» que había visto tiempo atrás en sus historias de WhatsApp. Cuando le pregunté por qué me tenía guardada así, solo me dijo que era «por cariño». Eso encendió una primera alerta. No quería volverme paranoica, ya que él no había hecho nada extraño como para desconfiar, pero empecé a darle vueltas a sus salidas de los fines de semana.

Por lo general nos veíamos los sábados y, al terminar nuestra cita, él se iba de fiesta con sus «amigos». Nunca le vi nada de malo porque asumía que solo salía a divertirse, pero ese emoticón no dejaba de darme vueltas en la cabeza.
Recuerdo una ocasión en la que estábamos acostados viendo fotos y videos en su celular. Para estar más cómodos, tomé el celular e ingresé a su galería mientras nos reíamos al recordar anécdotas. En ese momento volví a acordarme de aquella «amiga» con el emoticón, así que abrí su WhatsApp. Mi intención no era leer sus conversaciones; solo quería buscar el contacto en la lista para preguntarle de forma directa sobre esa amistad. Pero algo cambió: a medida que yo desplazaba la pantalla hacia abajo, él empezó a ponerse notoriamente nervioso. Traté de no alarmarme, pero al seguir bajando ocurrió lo que jamás imaginé… me quitó el celular de las manos y me preguntó: «¿Qué buscas?». Me quedé paralizada. No podía creerlo. Algo se quebró dentro de mí en ese instante: había depositado toda mi confianza en él y esa sola actitud terminó por romperlo todo. Le pedí el celular varias veces, pero él únicamente repetía defensivo: «¿Qué buscas? ¿Acaso crees que te engaño? Yo no tengo tiempo para esas cosas» —las típicas respuestas evasivas de quien es descubierto—.


Tiempo después retomamos la relación, aunque él nunca me dio una explicación; solo se escudó en que su celular era «privado». Lo más irónico es que meses atrás él había hecho algo peor: mientras estábamos recostados conversando, de la nada me quitó mi celular y se encerró en el baño a revisar mis chats. Por supuesto que no encontró nada, pues jamás le oculté cosas y mucho menos lo engañé. En fin, como bien dicen: el que traiciona es el más paranoico, porque piensa que la otra persona actúa igual que él.

Sinceramente, al regresar nada volvió a ser lo mismo. Yo ya no confiaba en él; volví únicamente por el profundo amor que sentía. Sin embargo, cada vez que lo veía, la idea de su traición me invadía. Era un dolor insoportable con el que no podía ni quería aprender a vivir. La relación no duró más de dos meses. Decidí terminar y, aunque me dolió el alma, de todo se aprende en esta vida. Entendí que nada es lo que parece; me enamoré del él pensando que era alguien sincero y leal, pero con el tiempo me di cuenta de que solo era una vil apariencia.

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